La vida en Londres

Callada mirando el humo que desprende su cigarrillo, Virginia retoma el segundo que cruza frente a ella. Redoblar un manuscrito sin sentido silencia el momento que atrapa el resplandor de la brillantez. La idea imparable circunda sin encontrar el bosquejo. La vida en Londres encendía los sentidos de Virginia. Escribir la llevaba al trazo de un respiro y al impulso de un nuevo camino. 

Corrían las once de la mañana y Virginia tomaba la primera calle que circunda Tavistock Sq. Sus caminatas encontraban voz en la siguiente esquina, a veces con rumbo y a veces perdida. Londres es, como se repetía al cruzar hacia la siguiente calle “una ciudad inmersa en la marea y vorágine de la vida humana. Las calles de Londres tienen un mapa, pero nuestras pasiones son inexploradas. ¿Qué vas a encontrar si doblas esta esquina?”. 

Y así, con pasos ágiles y en destiempo, transcurría la vida de una escritora que mantenía la calma en el instante de lo cotidiano.  

En el año de 1927 el entorno citadino favorecía la sensación de movilidad. Se consolidaba el servicio público de radiodifusión en el Reino Unido; se logra la primera llamada telefónica de Nueva York a Londres y Sherlock Holmes camina debajo de la neblina que cubre la metrópoli londinense. Era en esta conjunción del momento en la que Virginia se adentraba en el círculo del pensamiento y el debate literario que surgía entre la sociedad intelectual londinense.

“Es la escritura, no el ser leída, lo que me emociona. La alegría está en el hacer porque cuando no puedo ver las palabras que se enroscan como anillos de humo a mi alrededor, estoy en la oscuridad y no soy nada”  bosquejaba Virginia en su diario. La idea de un movimiento estaba en ese elogio a la escritura. Era la pauta, aunada a su inquietante imaginación, lo que daría el sonido a las palabras de su creación literaria. 

Durante los quince años que vivió Virginia en Tavistock, su espacio público y privado coincidían en un entorno sonoro y de silencio. Mirar pasar la vida desde un estudio que contenía el espíritu de su talento, lograba matizar la incertidumbre de lo que seguiría. Repasar textos, revisar la cadencia de lo ya escrito, retomar palabras y frases, era el oficio de la escritora. Aunado al todo de esta narrativa, llegaba a casa la melodía de las voces que se unían al compás del espacio público de Virginia. Vanessa y su hija Angélica irrumpían a la hora del té, un entorno que en parte le pertenecía a Vanessa pues las paredes de Tavistock eran creación de su pincel. El color de este espacio era también reflejo del arte de Bloomsbury. 

La vida en Londres pasaba como una calle transitada o una plaza solitaria. Los integrantes del grupo de Bloomsbury dividían su tiempo y su historia entre exhibiciones de arte, librerías y tertulias en el famoso pub “Fitzroy” frecuentado por artistas y escritores que buscaban un intercambio de letras y pinceles entre copas y cigarrillos. Era el espacio público en el que la vida y la creación fluían sin postergarse, en donde todos los sentimientos extremos, como decía Virginia, se aliaban con la locura. 

Retomando la movilidad de la cuidad, en el mismo año, Virginia escribe su ensayo titulado “Merodeo callejero. Una aventura londinense” a partir del cual da voz a la narradora que sale de su casa una tarde de invierno con la intención de comprar un lápiz. En su caminar, observa y se sumerge dentro de la mente de las personas que merodean por las calles invernales de la ciudad: observa a los londinenses y los espacios que ocupan. Cruzar el puente de Waterloo bajo el sonido sórdido de los trenes no detenía sus pasos. Esa era la ciudad  de Virginia en donde “Caminar sola en Londres era el mejor descanso.”

Para Virginia, entrar en un lugar nuevo, siempre fue un enigma. Quizá el Londres que vivía desde su imaginación era más significativo que el Londres que existía. Reconstruir el faro que marcó su infancia desde la pérdida y el paso del tiempo, regresar a las olas en las que se pierde la visión y la cadencia del mundo externo, imaginar el doble amor que transita por cinco siglos de historia del Reino Unido, pausaban el tiempo sonoro de la escritora que aclamaba el silencio de las letras.

El bullicio de una ciudad es el murmullo que vive en la mente de aquellos que la recorren. Deambular o detenerse cambia el sentido de la historia personal. Aquél que revisa un mapa o se dirige a una esquina se perderá en el significado del camino certero.  En aquellas tardes de noviembre donde la neblina cubre la ciudad, Virginia reconstruía a través de su escritura y del intercambio de cartas con sus amigos, el Londres que se escondía detrás. “La melancolía son los sonidos en una noche de invierno” murmuraba sentada frente a su chimenea. Hay historias tristes que nunca se escribieron y letras alegres que se olvidaron entre la neblina. 

El tiempo pausaba en las páginas de Virginia. Las escaleras del edificio de Tavistock resonaban tras los pasos de la cotidianidad. Había también una vida agitada que interrumpía los instantes de calma y serenidad. El trayecto era inminente. Salir de casa para comenzar el merodeo creativo significaba tomar caminos insospechados.  En su ensayo Una habitación propia”, Virginia describe su llegada al Museo Británico: “Londres era como un taller. Londres era como una máquina. A todos nos empujaban hacia delante y hacia atrás sobre esta base lisa para formar un dibujo. El British Museum era un departamento más de la fábrica”. Y así continuaba la escritora que dejaba el oficio solitario en Tavistock para recolectar las imágenes que solo el caminar las calles de Londres lograban trazar en su memoria. 

La literatura fue uno de los grandes amores de Virginia.  Decía que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es solo un placer superficial. Apasionada y lejos del olvido, Virginia vivió en sus escritos mundos caídos y calles distantes. La emoción en las palabras la escondía para el trazo más brillante.  

Existe el Londres que no se entiende sin Virginia. El Londres del “Al faro” y “Orlando”, el de la vocación y el oficio de escribir, el de las calles caminadas y las olvidadas en el tiempo. He aquí el elogio a una ciudad donde los pasos y las palabras de la escritora se siguen escuchando. 

* Como dato informativo: La neblina de Londres se ve reflejada en la literatura de Virginia Woolf. Una frase donde hace referencia a la misma: “Somos siluetas, fantasmas huecos, desarraigados, que se mueven entre nieblas” – Virginia Woolf, “Las Olas”

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