Las cartas con Virginia

Sostener las palabras que se desprenden de un trazo y dos voces, despertaba la tinta de lo que Virginia anhelaba. Recorrer una idea desde el sonido de un diálogo construía el sentido de una escritura con un destino. Conversar a partir de la correspondencia cerraba tiempos y acercaba misterios desde un ático que desprendía las palabras de la escritora. 

Las distancias se acortaban tras pensar en el destinatario. Los sucesos de la vida cotidiana se intercambiaban a partir del doblez de un sobre. Eran tiempos separados que pedían un encuentro. Escribir cartas postergaba en momentos las conversaciones añoradas al tiempo que evocaba el anhelo de un regreso a la existencia.

Londres era cómplice de los anhelos y deseos. Sus calles implicaban una dirección y un sentido de identidad. Irse y volver marcaba un recorrido certero. Las cartas que caminaban por sus calles siempre encontraron el buzón y su destino. 

La historia de Bloomsbury quedaba también plasmada en la correspondencia, en el ir y venir de las cartas entre ellos, sus amigos y conocidos. Revivir emociones, extender diálogos simples y de amor colmados de cercanía y añoranza, contemplaba la vocación de los artistas y las voces que su fuerte vínculo desprendían.  

Sentada frente a una mesa antigua en la casa familiar ubicada en el barrio de Kensington, la joven Virginia encontraba en las cartas una manera más libre de conversar. Escribir emociones descifradas en palabras dibujaba una realidad que definía un camino. La correspondencia se convertía en su intimidad, en su cercanía y complicidad con el mundo que elegía. Pensaba en sus libros, en los que escribiría. Narrarlos y compartirlos por escrito en sus cartas avivaba su inquietud y la pasión por seguir.    

“Vengo de soñar contigo. Es por eso que te escribo” compuso Virginia en una carta a Lytton tras veinticinco años de correspondencia ininterrumpida. “Me gustaría que fuéramos diez años más jóvenes o veinte más viejos y pudiésemos contentarnos con nuestro brandy y cultivar los sentidos”. El simple deseo de una buena conversación provocaba la inquietud de revivir las emociones que dos amigos rememoraban a partir del intercambio de cartas. 

La vida adquiría un sentido de mayor movilidad. Compartir la cercanía de una tarde frente a la chimenea en la casa 46 de Gordon Sq. parecía distante. Lograr entrelazar momentos cotidianos tras salir de Londres hacia el sur del Reino Unido transformaba los espacios compartidos en silencios prolongados. La correspondencia abreviaba la distancia e intensificaba los tiempos de escritura. 

Las cartas contaban anécdotas. Se leía sobre el clima en Londres y el viento en Sussex. Las novedades literarias inundaban las páginas de principio a fin. Estaban también los chismes crueles y maliciosos que acompañaban la lectura en las tardes de lluvia. Recibir la correspondencia creaba espacios de conversación y un motivo para mantener instantes de calma y serenidad. 

Cada carta marcaba un tiempo en el diario devenir de Bloomsbury. Virginia decía que la vida se desintegraría sin cartas al tiempo que tomaba una hoja en blanco para comenzar con el lugar y el código postal en el que se encontraba, seguido de la fecha y el destinatario. Su hermana Vanessa era su confidente. Las cartas que intercambiaban eran a veces livianas y otras con urgencia, unas frágiles y otras secretas. “Te gustará saber que decidí que si morías mi vida no tendría sentido y después, naturalmente, me dediqué a disfrutar de la fantasía” escribía Virginia en esos días lluviosos en los que desde su ático en Tavistock dedicaba las tardes al gozo del recuerdo y del reencuentro. 

Se vivía también la espera y la zozobra de una carta. Tras mudarse a Sussex y con la dificultad de desplazarse, una carta era recibida con goce e inquietud. “No tengo idea si esta carta te llegará, así que estoy disparando al azar. No tengo otro motivo que las ganas de conversar” escribía Lytton a Virginia. “Volví hace cosa de una semana a la vida londinense y ya estoy sumergido en ella.”  Era así, a partir de palabras escondidas en los sobres, que se extendían los lazos que buscaban el instante de un encuentro.   

Desde los colores de Charleston, Vanessa reclamaba un par de palabras escritas a quienes se encontraban en Londres. Vivir en la calma de Sussex impedía el disfrute de la vida agitada que corría por las calles de Londres. La expectativa de recibir una carta colmada de sucesos y confidencias despertaba la exaltación de recuperar por momentos las calles citadinas. 

Las cartas que escribía Virginia eran únicas por su seducción, por su visión apasionada, por la agudeza de sus palabras hacia la vida cotidiana. Plasmaba también en ellas una mirada crítica de la vida literaria e intelectual. Los tonos y matices de su escritura surgían al momento de decidir el destino de la misma.  

Cotejar la complicidad y el amor en una sola carta parecía tener un destino único. Vita Sackville-West, el antídoto de su pasión, envolvía las letras de la escritora. Durante dos décadas, el tiempo se llenó de conversaciones secretas donde una mirada bastó para escribir “Orlando”. La correspondencia respondía a la movilidad de las calles en donde coincidían. “Sólo porque elegiste los jardines de Kent y yo las calles de Londres, no hay razón para que nuestro amor se desvanezca” concluía Virginia en el trazo del último adiós. 

Palabras y secretos, confidencias y verdades quedaron plasmadas en las conversaciones escritas. Existen las cartas que se quedaron en sus estanterías, las que nunca llegaron a su destino y se perdieron en el trayecto. Las imágenes que se diluyeron en las sombras, trazaron una historia que nunca conoceremos.  

Las cartas con Virginia tuvieron un camino. Fueron las cartas de la neblina y del recuerdo, aquellas que guardaron secretos y amores dispersos. Sostener la mirada en el doblez de un sobre rompía con el tiempo, donde una carta sin sello siempre tenía un camino.  

Nota: Selección de citas tomadas del libro “600 libros desde que te conocí. Correspondencia” . Virginia Woolf y Lytton Strachey

 

* Como dato informativo: Gran parte de las cartas de Virginia Woolf se encuentran en la biblioteca pública de Nueva York (New York Public Library) en la colección Berg (Berg Collection). https://www.nypl.org/about/divisions/berg-collection-english-and-american-literature

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