Dibujar la vida fue lo cotidiano

Encontrar el sendero y mirar hacia el sur del Reino Unido componía la cadencia de un momento de quietud. Era el día que parecía extenderse. Era el segundo detrás de un minuto de vacío. Las horas en los días de Virginia se escribían desde el espiral de un camino que marcaba la dirección de un destino.

Dibujar la vida fue lo cotidiano. 

En el año de 1940, cuando la guerra se escuchaba en cada esquina de su vida, mirar hacia la campiña se convertía en un espacio de tranquilidad. Virginia lograba, a pesar del cúmulo de estruendos, escuchar una escritura más serena, una conversación más tenue y una espera menos lejana. Monk´s House se convertía en su recinto y su refugio. 

Sin embargo, existía escondida la línea desteñida de un pensamiento detrás de esa quietud. El ruido exacerbado y constante del conflicto vivía sostenido en las voces sueltas que discutían por las noches alrededor de sus sueños. Era así como encontrados e incoloros, susurraban los hilos temerosos de lo inevitable, aunque el día pasaba sellado de un encuentro con su escritura que le devolvía la sensación de un futuro trazado de brillo. 

Alejada de Londres y sentada debajo de su cobertizo de madera al fondo del jardín en Monk´s House, Virginia recordaba a un joven que quedó escrito en el título de su tercera novela: “El cuarto de Jacob”. Pensaba en la narrativa del vacío y en la ausencia detrás del personaje. Jacob Flanders fue una realidad inexistente. Su camino a lo largo de la narrativa existió solamente a partir de una recopilación de sensaciones y memorias. “Al final, recordaba Virginia, Jacob muere en la guerra. Describir la habitación vacía que ha dejado tras su muerte cerraba la memoria de su vida”. 

Jacob y la historia que escribió fue sólo y demasiado. Entre cada palabra predijo el camino de sus pasos con un prefijo. Lo que quedó en el tintero fueron sus sueños y el deseo de un horizonte con otra mirada. 

Estaban ahora las horas del trayecto. El resplandor de la llanura arenosa que circundaba la casa llevaba a Virginia a recorrer con paso firme y fugaz los caminos y los atajos. Conversaba con el viento y revivía sus ideas sonoras y sin rumbo. El silencio del sonido prometía el regreso a la escritura debajo de la neblina.

Vivir debajo de los años de la guerra, con sus escuchas y sus truenos, formó parte de la vida de Virginia y Leonard. Eran tiempos y momentos de incertidumbre que los llevaban a replantearse lo que seguiría. Virginia, inquieta y fuera de su habitual concentración para componer las notas de sus escritos, titubeaba con la tinta aunada a un sentimiento de pérdida y ausencia.

Así, entre sus horas, sólo las de ella, escribía a mano invisible su última novela “Entre actos” en donde describe no sólo el montaje sino la representación de una obra en un festival. Anticipa la guerra. Describe golondrinas pequeñas que representan a los aviones y cómo al avanzar se hunden en la oscuridad.

Esto es “Entre actos”. La obra final de Virginia en la que magnifica sus preocupaciones: la transformación de la vida mediante el arte y lo artístico y su reflexión sobre el inminente paso del tiempo sin un sonido. Era el año de 1941. El año en que el mundo se colapsaba y el momento en que la escritora cambiaba sus sentidos y sus imaginarios. 

El escenario cotidiano rompía e interrumpía el compás de un cielo transparente. Los años diluían la tintura colorida de cada pared intuida con verdad. Los años finales, los últimos en Virginia, reconocieron las letras de su infinito y describieron con dolor el adiós inesperado.

Los momentos de quietud llegaron al final. Lo cotidiano se convirtió en el largo sonido de una vida que caminó sin atajos. Virginia Woolf se escribió en un instante. Recorrió sus pasos por caminos ciegos y a la vez luminosos donde el sendero azul marcó la pauta que desdibujó la noche sin estrellas. 

* Como dato informativo: Leonard Woolf vivió en Monk’s House hasta su muerte en 1969. Posteriormente la casa pasó a formar parte del National Trust.

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